José Stalin

Desde Cuba por Tania Díaz CastroJosé Stalin veinte millones de personas fueron ejecutadas, encarceladas o deportadas de la Unión Soviética por orden de este siniestro dictador del imperio ruso

LA HABANA, Cuba - Mayo ( www.cubanet.org ) - No recuerdo dónde leí que Raúl Castro, segundo jefe de gobierno en Cuba, expresó que en su presencia nadie podía criticar a Stalin. Pero yo me pregunto: ¿Y los veinte millones de personas que fueron ejecutadas, encarceladas o deportadas de la Unión Soviética por orden de este siniestro dictador del imperio ruso?

Grupos de derechos humanos de ese país confeccionaron una lista de nombres de personas -un millón 300 mil- asesinadas o perseguidas durante el estalinismo. Y excepto en Cuba, por el mundo circulan las fotos de los campos de concentración soviéticos en los que murieron millones de personas.

En su testamento Lenin lo dejó escrito: "Stalin es excesivamente brutal. No estoy seguro de que utilice el poder con cautela".

José Stalin, lejos de ser cauteloso, gobernó mediante el terror y la muerte. Como Iván el Terrible, que cegó al arquitecto que construyó la catedral de San Basilio para que no pudiera hacer nada más, Stalin ordenó matar al ingeniero checo que le instaló un sistema secreto electrónico en el Kremlin para escuchar las conversaciones de quienes lo rodeaban.

La noche que firmó la sentencia de muerte de Kovarki de forma precipitada, su esposa Nadya, molesta, le dijo delante de todos: "Ahora sé quién eres realmente, José Stalin". Acto seguido se retiró a su habitación y se pegó un tiro en el pecho. Cuando le comunicaron a Stalin que su esposa había intentado suicidarse exclamó: "Ni siquiera sabe disparar como es debido".

En 1918 Nadja Alliluyeva contrajo matrimonio con Stalin. Tenía 17 años y él 39. Le dio dos hijos, Vassily y Svetlana, y cuidaba del primogénito que había tenido Stalin en su matrimonio anterior. En las memorias publicadas por Svletana se lee cómo Stalin golpeaba a Nadya, incluso en presencia de los hijos.

Quienes lo conocieron sabían de su tendencia al mal humor y sus arranques de cólera. Se percataron también del placer que demostraba Stalin con el sonido de un millón de gargantas gritando su nombre, lo que llamaba en privado "revoltijo humano", pues este comunista veía a los hombres como súbditos obedientes o enemigos.

Un año como 1937 jamás será olvidado en Rusia. Los vagones de ganado iban hacia Siberia cargados de prisioneros, y en las celdas de ejecución se escuchaban disparos tanto de día como de noche.

Pero Stalin murió en su cama de una hemorragia cerebral el 5 de marzo de 1953, a los 73 años. Fuera de su habitación aguardaban sus íntimos colaboradores: los que se consideraban mejores que él, los que obligó a hacer cuanto quiso, los que gustaban del halago, los que buscaban su protección y amistad para llegar al poder, y también, y sobre todo, los que deseaban descansar de su culto.

Los últimos instantes de su vida fueron narrados por su hija Svetlana: "Se asfixió hasta morir ante nosotros. En el último momento abrió súbitamente los ojos y lanzó una mirada a cuantos estábamos a su alrededor. Fue una mirada terrible, de locura, o quizás de furia y temor ante la muerte. Entonces ocurrió algo espantoso que hasta hoy no he podido olvidar ni entender: alzó la mano izquierda como señalando algo por encima de nosotros, como maldiciendo a todos los allí presentes".

En los funerales de Stalin increíbles multitudes avanzaron hacia la Plaza Roja. Los nuevos jefes del Imperio hablaron de sus méritos y colocaron el cadáver en el mausoleo, junto a Lenin, donde sólo pudo estar ocho años. En 1961 fue retirado y enterrado.

Un poco antes de la década del noventa, viejas y nuevas generaciones ajustaron cuentas con Stalin. Derribaron sus estatuas, las decapitaron y arrastraron su cabeza por las capitales de numerosos países socialistas, hoy independientes.

La historia se encargó de condenarlo.

 

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